En cada página hay un desafío al lector, una provocación, una instancia melancólicamente lírica. En el andar se cruza con los gritos autoritarios de Donald Trump, en un loop que va de un Nueva York aún tenebroso tras la peste a la imagen de esa pampa nuestra que va dejando de ser paradisíaca, menoscabada por el lucro de los algoritmos y los pesticidas.
Se espía de paso las guerras fronterizas, las guerras civiles, la constante acechanza del fin del mundo y la resignada desazón de estar viviendo, si no el fin del mundo, un “mundo del fin”. Y el arte y la cultura aparecen como resistencia melancólica ante una grosera banalidad diaria; el papel que debe cumplir el escritor en tiempos de crisis si no se deja tomar por la traición o la cobardía.
Uno se detiene y lee, por ejemplo: ”Había comenzado a reparar en cierta tendencia a la autodestrucción de algunas sociedades y el modo en que perdían la libertad en nombre de una idea de la libertad que negaba la solidaridad y la compasión”. El pasado se hace presente, el presente rima con lo peor del pasado y el futuro se mira como algo que ya fue en En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama), la atrapante novela experimental de Patricio Pron, consagrado escritor argentino que desde hace veinte años reside en Madrid con su esposa y sus gatos, Benito y Rodolfo.
Pron lleva publicados seis libros de relatos, ocho novelas y un conjunto de ensayos. Ya en 2010 fue destacado por la revista Granta como uno de los mejores escritores en español de su generación. Es doctor en Filología Románica por la Universidad de Göttingen. En su reciente visita a la Argentina, dialogamos con él.
En todo hay una grieta y por ella entra la luz es una biografía fracasada (y una autobiografía victoriosa). Al narrador le encargan descubrir y contar la vida, tan extraordinaria como desconcertante, del polígrafo rumano Benjamin Fondane, que a los 26 años llega a París y rápidamente se vincula con los movimientos de vanguardia, dadaístas y surrealistas. Llega a las piñas discutiendo con André Breton. Llega a todo demasiado tarde o demasiado temprano.
Se convierte en dramaturgo y funda un grupo teatral, publica poesía y ensayos, se vuelve difusor del filósofo ruso León Chestov, viaja a la Argentina invitado por Victoria Ocampo —donde da conferencias sobre cine— y realiza Tararira, una película surrealista que el productor, un estanciero vasco, se apura a destruir por considerarla “inmoral y sediciosa” tras verla. De regreso a Francia, en 1944, Fondane se entrega a los nazis (pudiendo salvarse) cuando estos capturan a su hermana. Ambos son asesinados en Auschwitz-Birkenau, justo en la última ola del Holocausto.
Periodista: ¿Por qué en un momento descarta escribir una biografía del genial Fondane y se deja llevar por los retos de una novela innovadora?
Patricio Pron: Cuando estaba trabajando en la novela recordé el lema de los miembros de la Resistencia francesa: “obedecer es traicionar”. Era la Ocupación, y lo decían respecto a las imposiciones de los nazis. Eso se puede extrapolar al presente, a la política y a los libros. En mi caso, era obedecer el mandato de hacer una biografía de Fondane un poco al uso, un libro convencional, un libro más. Hacerlo hubiese sido traicionar algo profundo que hay en mí y en mi obra, y a la vez hubiera traicionado el espíritu iconoclasta, innovador, rompedor, cuestionador y transgresor de Fondane. Tenía que dejar que el libro se abriera a su obra, a su vida, a sus experiencias, y a las experiencias que surgían en mí a partir de ellas; a todo lo que experimentaba y me llevaba a otra forma de ver.
P.: Su libro llama la atención por cómo se entrelaza la ficción con la no ficción, la política inmediata, con Donald Trump, con las dos guerras del siglo XX, los fascismos del pasado y los autoritarismos actuales, y esas constantes notas al pie de página que detienen y hacen pensar o sentir.
P.P.: Si mi libro llama la atención es acaso porque continúa la línea iniciada por Borges y que atraviesa buena parte de la literatura de los últimos setenta años. No es que yo haya hecho algo especial, sino que mis colegas no están haciendo lo que tendrían que hacer. Si bien los libros tienen que conmovernos, entretenernos o aliviarnos de una espera, también pueden hacer otras cosas: sostenernos, alimentarnos, permitirnos vivir en un mundo más rico, más diverso, más plural; nos pueden ayudar a recuperar mucho de lo que hemos perdido. Por caso, la atención, que está disminuyendo trágicamente. Lo instantáneo, lo súbito y lo banal están dificultando detenerse ante lo complejo. Llamar la atención sobre esas pérdidas, recordar una capacidad que se tiene y que está siendo robada, es un gesto político, lleva a asumir una resistencia. Me interesa producir gestos políticos a través de mis libros.
P.: ¿Poner en evidencia que se están repitiendo los terrores del siglo XX?
P.P.: La historia no se repite, tiene coincidencias, relaciones, rimas internas como un poema. La época de Fondane, el ascenso de los fascismos, se ve ligada hoy con el resurgimiento de antiguos miedos, la radicalización de viejas ideas, la reaparición de opiniones políticas movidas por prejuicios y discursos de odio. Hay cierta resignación que pareciera surgir del convencimiento de la llegada del fin del mundo, que se demora día tras día. En contrapartida, mientras esperamos ese fin del mundo, habitamos un “mundo del final”, que es intolerable y está presidido por la angustia, la incertidumbre, la aceptación y la incapacidad de construir algo. Tenemos que hacer algo, aprender a habitar ese “mundo del fin” y no convertirnos en cínicos, en cobardes o traidores.
P.: ¿Por qué pone la esperanza en los libros, la literatura y el arte? Sus protagonistas leen la actualidad en los museos.
P.P.: Creo que los libros, frente a las crecientes destrucciones y el aumento de conflictos, pueden una vez más ayudarnos a pensar. Son herramientas para volver a pensar el mundo, quiénes somos y quiénes queremos ser. Creo que la literatura, en ese sentido, es el último reservorio de ideas acerca de un mundo y un futuro posible. Puede no ofrecernos respuestas, pero puede contribuir a que hagamos mejores preguntas; de ello dependerá la posibilidad de que, entre todos, demos con las respuestas razonables y solventes para esas preguntas. Por ejemplo: cómo resolver el conflicto de la relación con la naturaleza o cómo reconstruir un mundo habitable.
FUENTE: AMBITO





