cómo Xi Jinping convirtió dos visitas en una demostración de poder global


Desde la invasión de Ucrania, Moscú quedó progresivamente atrapada en una dependencia estructural de Pekín. Las sanciones occidentales obligaron al Kremlin a redirigir exportaciones energéticas, cadenas comerciales, financiamiento y suministros tecnológicos hacia Asia. Por ello, China se convirtió en su principal amortiguador económico frente al aislamiento occidental.

Lo cierto es que Xi Jinping administra esa relación desde una lógica estrictamente pragmática. Y justamente por eso, el dato más importante de la cumbre no fue lo que se anunció, sino lo que no se anunció.

Lo que Rusia esperaba era avanzar finalmente con el proyecto “Fuerza de Siberia 2”, el gigantesco gasoducto destinado a reemplazar parte del mercado europeo perdido tras la guerra de Ucrania. Sin embargo, no hubo acuerdo, y las negociaciones siguen trabadas por disputas sobre precios y condiciones.

China en busca de la independencia energética

Si bien China necesita energía rusa barata y estable, no quiere quedar estratégicamente dependiente de Moscú. Durante años, observó cómo Europa quedó atrapada en su dependencia energética de Rusia y aprendió una lección central: cuando la energía se convierte en instrumento geopolítico, la dependencia deja de ser negocio y pasa a ser vulnerabilidad.

Por eso, el líder asiático necesita a Rusia lo suficientemente fuerte para desafiar a Occidente, pero no tan fuerte como para convertirse en un problema autónomo. Esa tensión silenciosa atraviesa toda la relación, y explica por qué la retórica de amistad “sin límites” convive con una creciente asimetría de poder.

Actualmente, Rusia conserva poder militar, capacidad nuclear y enormes recursos energéticos. En cambio, China domina los resortes económicos, industriales y tecnológicos que hoy definen la gravitación global. En otras palabras, mientras Putin todavía aspira a una asociación entre pares, la dinámica entre ambos países empieza a reflejar el crecimiento chino en la centralidad global y un progresivo deterioro de la influencia estratégica rusa.

Xi Jinping y Donald Trump (3)

Rechazo al orden internacional liderado por EEUU

El principal punto de convergencia entre ambos gobiernos, es su rechazo al orden internacional liderado por Estados Unidos. El documento repitió posiciones ya conocidas sobre la necesidad de negociaciones para la guerra en Ucrania, pero el tono más duro apareció en otros temas: Irán, Medio Oriente, el espacio y la crítica al “hegemonismo unilateral”. Ambos condenaron explícitamente los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, denunciaron intentos de “cambio de régimen” y acusaron a Washington de desestabilizar el orden internacional.

También criticaron el proyecto estadounidense “Cúpula Dorada”, el sistema global antimisiles impulsado por Trump, al que calificaron como una amenaza para la estabilidad estratégica. Inspirado en la “Cúpula de Hierro” israelí, el plan busca construir una red planetaria de defensa capaz de detectar e interceptar misiles balísticos, hipersónicos y de crucero mediante una constelación de satélites y sistemas de intercepción avanzados.

El lenguaje elegido en la reunión fue todo menos inocente, donde resonaron frases como “hegemonía unilateral”, “ley de la selva”, “militarización del espacio”, “secuestro de líderes soberanos”. Moscú y Pekín apuntan a construir un relato político común sobre el orden mundial y, sobre todo, sobre quiénes consideran responsables de su deterioro.

Además, buscan proyectarse ante el Sur Global como garantes de la soberanía estatal frente a un Occidente al que describen como intervencionista, imprevisible y crecientemente militarizado. La apuesta es disputar no sólo poder, sino también legitimidad internacional en un mundo cada vez más fragmentado.

El momento geopolítico actual

Durante décadas, Estados Unidos logró construir legitimidad global no solo a través de su poder militar y económico, sino también mediante la idea de que representaba estabilidad internacional. Ahora, lo que intentan China y Rusia es erosionar precisamente esa narrativa.

Y lo hacen apelando especialmente a regiones donde el liderazgo internacional de Estados Unidos ha perdido credibilidad en las últimas décadas. Las guerras de Irak y Libia, el conflicto en Gaza y el uso creciente de sanciones económicas alimentaron, en amplios sectores de Asia, África, Medio Oriente y América Latina, una percepción cada vez más extendida de que Washington aplica las reglas internacionales de manera selectiva.

Pekín entiende perfectamente ese cambio en el clima político global, por eso la secuencia Trump-Putin tuvo un valor estratégico mucho mayor que el de dos simples visitas de Estado.

La administración de Xi Jinping mostró que puede recibir, en una misma semana, al presidente estadounidense y al líder ruso sin quedar plenamente contenida en ninguno de los dos esquemas de poder. Con Trump, Xi desplegó una diplomacia pragmática orientada a estabilizar una relación cada vez más competitiva. Incluso lo recibió en Zhongnanhai, el hermético núcleo del poder chino, un gesto reservado para contados líderes extranjeros. Con Putin, en cambio, predominó otro registro: menos negociación táctica y más convergencia política frente a Occidente.

Ahí aparece la verdadera ambición estratégica de Pekín, que ya no busca integrarse pasivamente a un orden internacional moldeado por Estados Unidos, sino posicionarse como el centro de equilibrio indispensable entre los principales polos de poder.

La centralidad que construye Xi Jinping

Todos terminan recurriendo China: Estados Unidos para estabilizar tensiones. Rusia para resistir sanciones. Irán para evitar aislamiento. Europa para sostener comercio. Y el Sur Global para conseguir inversiones.

Ese es el nuevo tipo de centralidad que Xi Jinping está construyendo, la cual no es necesariamente militar, sino económica, diplomática y sistémica.

Mientras Washington continúa atrapado en ciclos electorales de cuatro años y Rusia consume recursos en Ucrania; China trabaja sobre horizontes de décadas con foco en la infraestructura global, inteligencia artificial, cadenas de suministro, minerales críticos, energía, puertos y tecnología estratégica.

Su objetivo no parece ser desplazar de manera inmediata a Estados Unidos, sino construir una posición de centralidad de la que el resto de las potencias no pueda prescindir. La secuencia diplomática de esta semana funcionó, justamente, como una demostración de esa ambición.


Fuente: AMBITO

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