miércoles 24 de junio de 2026
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Jorge Rubio, el enólogo que convirtió al Oasis Sur mendocino en una marca de exportación

📅 24/06/2026 🕐 Hace 4 horas ✍️ Redaccion
Texto a voz
Jorge Rubio, el enólogo que convirtió al Oasis Sur mendocino en una marca de exportación
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Vista desde el aire, la Bodega Jorge Rubio es un mosaico de verdes en el extremo sur de Mendoza. Cada parcela corresponde a una cepa distinta, y cada cepa, a una decisión tomada con los años. En ese rincón de General Alvear, donde nació, se crió y todavía vive, Jorge Rubio construyó en poco más de dos décadas una bodega de autor que hoy elabora 1,5 millones de litros anuales y exporta a más de doce países desde una de las regiones menos transitadas del mapa vitivinícola argentino.

Técnico agrario y enólogo, Rubio entró a trabajar a una bodega a los 18 años casi por necesidad: soñaba con ser médico, pero las razones familiares y económicas lo empujaron al vino mientras cursaba el secundario. Terminó su tesis de enología y se quedó en la industria para siempre. Recién en 2003, a los 44, se animó a comercializar su propia marca. La llamó Finca Gabriel, en honor a su suegro, y desde el arranque buscó diferenciarse con una presentación distinta a la convencional.

Las primeras etiquetas eran de cartón enlazado con una pequeña cuerda, que Jorge cortaba y anudaba a mano junto a su mujer, Francisca (más conocida como Piky), una por una. La que lo volvería reconocible llegó después, cuando pensó en sumar una segunda línea. “Siempre me llamó la atención que los jeans llevaran la marca en una etiqueta de cuero y pensé por qué no ponerla en una botella”, recuerda. El resultado superó cualquier cálculo: con el tiempo, mucha gente empezó a pedir el vino por su etiqueta de cuero antes que por su nombre. El sello se volvió tan identitario que sumó fanáticos insólitos afuera, como una clienta danesa que juntó cientos de etiquetas del Privado para confeccionarse una prenda. Cada una se sigue pegando a mano, como al principio.

General Alvear, lejos de los reflectores

Pegado Manual Privado

Mucha gente empezó a pedir el vino por su etiqueta de cuero antes que por su nombre. El sello se volvió tan identitario que sumó fanáticos insólitos afuera, como una clienta danesa que juntó cientos de etiquetas del Privado para confeccionarse una prenda.

Mucha gente empezó a pedir el vino por su etiqueta de cuero antes que por su nombre. El sello se volvió tan identitario que sumó fanáticos insólitos afuera, como una clienta danesa que juntó cientos de etiquetas del Privado para confeccionarse una prenda.

General Alvear está en el extremo sur de la provincia, una zona reconocida por su fruta, su horticultura y sus vinos, pero poco frecuentada por el turismo y la prensa especializada. “Es una de las regiones vitivinícolas menos conocidas de la provincia, y eso nos plantea el desafío permanente de salir a comunicarla”, admite Rubio, que en lugar de mudarse a un terruño más prestigioso hizo de su Oasis Sur una causa. Hoy es una de las voces de referencia de la región, una franja regada por el río Atuel cuyo desarrollo futuro, sostiene, depende en buena medida del agua que llegue en los próximos años.

Plantar pensando a futuro

El crecimiento se apoya en decisiones de largo plazo. Para su vigésimo aniversario, la bodega sumó 75 hectáreas que Rubio salió a buscar junto a su hijo Germán. Tardaron más de un año en dar con el paño indicado, recorriendo el Oasis Sur, y lo bautizaron Finca El Convento, por una vieja construcción con esa forma —campana incluida— que planean restaurar. Allí plantaron Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Chardonnay, Pinot Noir y Sauvignon Blanc, además de variedades que no tenían, como Semillón, Tannat y Ancellotta, destinadas a sus líneas de alta gama y exportación.

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El portfolio creció en la misma dirección inquieta. A las líneas Finca Gabriel, Privado, Gran Reserva y Premiado, Rubio sumó espumantes mediante método tradicional —tras años de investigación y una champañera propia, un cognac de autor que quería elaborar desde el inicio porque casi nadie lo hacía en el país, y una línea de fortificados. Entre sus 111 vasijas conviven tanques de acero con ánforas de barro, el primer recipiente que usó la humanidad para hacer vino hace más de 9.000 años y que hoy dan nombre a uno de sus vinos ícono. En la bodega, la innovación pasa siempre por el mismo filtro: “Primero digo que no, y después empiezo a pensar si podemos hacerlo mejor o diferente”, resume sobre una forma de decidir que combina con la lectura de tendencias de su equipo.

De proyecto personal a empresa de familia

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El crecimiento se apoya en decisiones de largo plazo. Para su vigésimo aniversario, la bodega sumó 75 hectáreas que Rubio salió a buscar junto a su hijo Germán. Tardaron más de un año en dar con el paño indicado, recorriendo el Oasis Sur, y lo bautizaron Finca El Convento.

El crecimiento se apoya en decisiones de largo plazo. Para su vigésimo aniversario, la bodega sumó 75 hectáreas que Rubio salió a buscar junto a su hijo Germán. Tardaron más de un año en dar con el paño indicado, recorriendo el Oasis Sur, y lo bautizaron Finca El Convento.

Lo que empezó como un proyecto en solitario es hoy una empresa familiar. Sus hijos se fueron sumando al proyecto al terminar sus estudios: Germán está a cargo de Fincas y Viñedos, y fue quien condujo la implantación de las nuevas 75 hectáreas de Finca El Convento, mientras que Silvina lleva la administración. Piky, su mujer, lo acompaña desde el comienzo. Al cumplir los 20 años, la bodega rediseñó su logo para dejar atrás la firma “Vinos de Autor” y pasar a “Bodega de Familia”. “Trabajar con mi familia es una mezcla de alegría, satisfacción y la continuidad de una misma pasión”, dice Rubio.

Afuera, el Malbec sigue siendo la puerta de entrada a todos los mercados. Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Alemania y Dinamarca ya tienen sus preferencias; Brasil, México y Perú crecen y se animan a otras variedades; China y Taiwán piden alta gama y formatos de colección. Rubio mira ese mapa sin perder de vista el suelo donde empezó todo. “Cultivar viñedos es cultura del trabajo, es enraizarse al suelo y desafiar la adversidad”, dice. A 23 años de sus primeras 20 cajas, sigue haciendo exactamente eso, desde el mismo lugar.

Fuente: AMBITO

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