“La chica de Colonia” (“Köln 75”), tercer largometraje de Ido Fluk, se aproxima a uno de los episodios más legendarios de la historia del jazz: la noche del 24 enero de 1975 en que Keith Jarrett grabó, en la Ópera de Colonia The Köln Concert, el disco de piano solo y de jazz solista más vendido de la historia. Aunque parezca mentira, muy pocos, salvo una promotora, tenían interés en que se hiciera.
El concierto empezó muy tarde, alrededor de las 23.30, porque la Ópera de Colonia recién podía ceder la sala después de una representación de “Lulú” de Alban Berg. Subrayemos esto: un horario marginal, en pleno invierno alemán (donde todos cenan a las 18), casi a la medianoche, cuando no se ven ni peatones por el frío. Pero las entradas se agotaron.
Conviene advertir algo desde el comienzo, al menos para los fans de Jarrett y del disco: éste no es un backstage del concierto, al menos no en el sentido tradicional. La película no buscó (o no pudo) entrar en la música, sino en las condiciones, los accidentes y las voluntades que hicieron que esa música pudiera existir. Ni el propio artista quería que se grabara.
La verdadera protagonista no es Jarrett, sino Vera Brandes, la jovencísima promotora alemana, la “chica de Colonia” del título, que, con apenas dieciocho años (había empezado a los 16 en el métier, mintiendo su edad), se empeñó en llevar a uno de los grandes pianistas del momento a una sala que no estaba destinada al jazz.
Mala Emde la interpreta con vigor y verosimilitud, pero con una energía más propia de una carrera de obstáculos que de una biopic musical. Vera llama, insiste, negocia, se escapa, desafía a su familia, empuja puertas que se le cierran y corre. Corre tanto que, en algunos tramos, la película parece haber cruzado “Run Lola Run”, el recordado film alemán de 1998, con el relato de iniciación de una productora. Esa velocidad transmite bastante bien la precariedad de una vocación que todavía no tiene prestigio y suele estar oculta en el anonimato.
El film acierta cuando entiende que detrás de una gran noche artística, y sobre todo una de esta naturaleza, suele haber una cantidad menos visible de gestiones, terquedades y pequeñas humillaciones. En ese sentido, “La chica de Colonia” funciona como el relato de la proeza de una muchacha abriéndose paso en un mundo de varones, empresarios indiferentes, músicos difíciles y padres desaprobadores, antes que como película sobre Keith Jarrett.
Su estructura, sin embargo, es más convencional de lo que su punto de partida prometía. La joven incomprendida, el padre severo, la vocación que se impone contra todos, el gran acontecimiento que justificará retrospectivamente su obstinación. Hay eficacia narrativa, hay simpatía por el personaje, hay ritmo; también hay una tendencia a ordenar la complejidad de la historia en carriles bastante transitados.
Jarrett, interpretado por John Magaro, aparece casi como una figura secundaria. Está ahí, agotado, irritable, con esa mezcla de fragilidad y arrogancia que le son propias. Pero su presencia es lateral. La película no intenta indagar mucho. Lo necesita como figura de genio, pero carece de espesura dramática.
Allí aparece el mejor detalle de la historia: el piano equivocado. Jarrett esperaba un piano Bösendorfer 290 Imperial, un gran piano de concierto, en el que siempre tocaba. Lo que le ofrecen en Colonia es otro Bösendorfer pero mucho menor: un piano de ensayo, de media cola, con problemas técnicos, sonido pobre, pedal defectuoso y falta de potencia en los graves.
En una improvisación solista de más de una hora, el instrumento no es sólo un accesorio, y mucho menos para Jarrett. Eso da lugar a una escena lograda, tragicómica: Jarrett prueba el Bösendorfer de ensayo que le han puesto en escena y se niega a tocar. Vera, entonces, intenta una solución desesperada: traer desde el Volkshochschule, una suerte de universidad popular de Colonia, el Bösendorfer Imperial que él reclama.
Pero el traslado, improvisado y a los empujones, se vuelve absurdo y peligroso: las patas del piano chocan contra los adoquines, y el afinador advierte que cualquier daño puede costar una fortuna. La operación se suspende. Queda solo el piano de ensayo, reparado y afinado a contrarreloj (y durante la función de “Lulú”), y la súplica de Vera para que Jarrett acepte tocar. En esa cadena de errores y terquedad se cifra lo más atractivo del mito: algunas obras maestras no nacen cuando todo está preparado, sino cuando casi todo está en contra, como si esa obra maestra fuera únicamente fruto del azar.
El concierto
El espectador no debe esperar ni una nota de The Köln Concert en la película. El film llega hasta el borde del acontecimiento y se detiene cuando el concierto está por empezar. Esa decisión tiene una explicación práctica y otra estética. La práctica: ni Jarrett ni ECM, la discográfica, colaboraron con la producción, y la película no pudo usar la música original del concierto. La estética: Fluk parece aceptar que no tiene demasiado sentido insertar unos segundos de una improvisación de semejante duración y autonomía. Mejor dejar el mito afuera, intacto, esperando en el disco.
Esa ausencia tiene consecuencias. Por un lado, evita el riesgo de la ilustración servil: ninguna reconstrucción cinematográfica podía reemplazar la escucha real de ese registro. Por otro, deja a la película girando alrededor de un centro al que nunca llega. Las escenas en las que Magaro ensaya o toca al piano quedan, por eso mismo, en una zona ambigua. La música interpretada fue imitada “en estilo Jarrett” por Stefan Rusconi, compositor del film y doble de manos de Magaro.
El dato más irónico es que Jarrett nunca amó demasiado su disco más célebre. Se ha dicho que lo consideraba repetitivo y que llegó a fantasear con destruir todas las copias. No es tan raro: a muchos artistas les pesa que el público elija como emblema una obra que ellos sienten demasiado fácil de identificar. Jarrett es un artista complicado. Hay que recordar que, cuando tocó en el Teatro Colón, estuvo a punto de plantar por la mitad porque un espectador tosía: debieron detenerlo para que no se fuera.
Para él, The Köln Concert fue algo así como el éxito que se independizó de su autor. La película aprovecha este dato aunque no siempre lo explora: prefiere quedarse del lado de Vera, de su epopeya práctica, de esa forma menor y decisiva de heroísmo que consiste en lograr que algo grande suceda.
El gesto final, con la aparición de la Vera Brandes real junto a Mala Emde, es uno de los momentos más justos del film. No porque cierre la película con una emoción original, sino porque recuerda cuál es su verdadera estrella: le otorga visibilidad a una figura que durante décadas quedó al pie de página de una obra maestra ajena.
“La chica de Colonia” (“Köln 75”, Alemania, 2025). Dir.: Ido Fluk. Int.: Mala Emde, John Nagaro, Michael Chernus.
FUENTE: AMBITO





