Entre la confesión amorosa y la invención literaria



“¿Por qué tenemos que hablar, fotografiar, escribir lo que vivimos? ¿No basta con guardarlo como un recuerdo que puedes revivir cuando quieras?”. Johanna, estudiante de 17 años, se enamora secretamente de su profesora de francés, Johanne, y la única forma de refugio que encuentra para ese sentimiento que, en principio, no se atreve a compartir con nadie, es escribir un libro en el que relatará su experiencia. Al hacerlo, no sólo encuentra una forma de catarsis sino, a su manera, define la función de la literatura.

La literatura no es en “El sueño de Oslo” (“Drømmer”) un recurso narrativo, ni un diario íntimo, ni cartas, ni sólo una voz en off. Aquí la escritura modifica el estatuto mismo de lo real. Aunque en la superficie la película cuenta el enamoramiento de una adolescente por su profesora, lo que verdaderamente le interesa al noruego Dag Johan Haugerud es otra cosa: la palabra como mediadora entre la experiencia y la fantasía, entre lo vivido y lo imaginado, entre aquello que ocurrió y aquello que sólo existe porque fue escrito.

Desde ese lugar, el film no es tanto una película sobre lesbianismo, o feminismo, sino sobre literatura. Johanne escribe para preservar un sentimiento que sabe condenado desde el comienzo, pero en el mismo acto de escribir lo transforma. Lo que su madre y su abuela leen ya no es un testimonio transparente sino un artefacto ambiguo, una construcción literaria.

¿Hubo realmente reciprocidad por parte de la profesora? ¿Existió algún límite cruzado? ¿O todo pertenece a la imaginación de una adolescente que convierte cada gesto en signo? Allí reside buena parte de la belleza de la película, más allá de que en su transcurso el espectador vaya descubriendo, y distinguiendo, las sucesivas capas de lo imaginado y lo vivido. Y esa forma de construcción también es literatura.

La incertidumbre no afecta solamente a los personajes sino también al espectador. La madre oscila entre la alarma moral y el miedo concreto: en un principio, piensa incluso en denunciar por abuso a la docente y a la escuela. La abuela, poeta, percibe otra cosa: reconoce antes que nadie la aparición de una voz literaria. Pero ninguna de las dos logra distinguir con claridad dónde termina la experiencia y dónde comienza la ficción.

El planteo, además, expone una interesante confrontación generacional: abuela y nieta están vinculadas por una misma fuerza: la primera perteneció a los primeros movimientos feministas, la segunda hereda ese legado de forma natural; la madre, en cambio, representa —pese a su liberalismo—, el estamento intermedio más reaccionario. La abuela cree en Dios, la madre en “el amor, la democracia y la libertad de expresión”. “En el momento de la muerte, no va a venir la libertad de expresión a tomarte la mano”, dice la abuela.

El film trabaja sobre esa zona borrosa. La escritura vuelve sospechoso todo lo que toca. Cada escena está atravesada por la posibilidad de haber sido inventada, exagerada o soñada (de allí el título del film). Y el espectador, como la madre y la abuela, queda atrapado en esa vacilación permanente.

Haugerud narra la pasión adolescente con una naturalidad que escapa por completo a cualquier programa identitario. Johanne se enamora de otra mujer y nunca se interroga sobre ello. La película tampoco. No hay escenas de descubrimiento sexual ni conflictos ligados a la aceptación de su orientación. Lo que duele es otra cosa: la intensidad del primer amor, los celos, la humillación de esperar un mensaje, el terror a no ser correspondida, a la existencia de una rival.

A los fines del relato, el objeto de su deseo podría tratarse de un hombre o de una mujer, lo mismo da. El núcleo emocional seguiría siendo idéntico. En tiempos donde tantas películas parecen obligadas a subrayar sus temas o bajar línea, “El sueño de Oslo” encuentra una libertad extraña y conmovedora precisamente al no hacerlo.

Esa delicadeza narrativa se apoya además en una puesta en escena de una serenidad extraordinaria. Haugerud filma conversaciones, silencios, lecturas y miradas con un ritmo hipnótico. No hay golpes de efecto ni dramatizaciones excesivas. Todo avanza con la suavidad de algo cotidiano, pero debajo de esa calma circula la pregunta: ¿qué hacemos cuando alguien convierte su intimidad en literatura? ¿A quién pertenece esa experiencia? ¿Al que la vivió, al que la escribió o al que la lee?

La película encuentra allí su dimensión más rica. Porque cada personaje lee el texto de Johanne de una manera distinta y, al hacerlo, revela más sobre sí mismo que sobre la autora. La madre, en principio, lee peligro; más tarde hasta discute la posibilidad de que se convierta en un éxito literario. La abuela lee arte. La profesora lee una proyección romántica, quizá una amenaza, quizá ambas cosas al mismo tiempo. Y el público también interpreta. Haugerud afirma, de ese modo, que toda literatura es un mecanismo de representaciones: nunca accedemos directamente a la verdad, sólo a versiones de ella.

Con estupendos trabajos centrales de Ella Øverbye, como Johanne, y Selome Emnetu, como Johanna, “El sueño de Oslo” cierra la trilogía que el director noruego inició con “Sexo en Oslo” y “Amor en Oslo”, ya estrenadas en el país. Y es, claramente, la mejor de las tres: la más compleja, la más ambigua y también la más emotiva. No sorprende que haya obtenido el Oso de Oro en el último Festival de Berlín. Allí donde muchas películas contemporáneas confunden intimidad con confesión, Haugerud recuerda algo esencial: que escribir no consiste en reproducir mecánicamente la vida, sino en volverla incierta a través de hechos, realidades y fantasías.

“El sueño de Oslo” (“Drømmer”, Noruega, 2024). Dir.: Dag Johan Haugerud. Int.: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen).


FUENTE: AMBITO

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